No siempre es falta de amor.

Muchas veces es desincronía.

Durante muchos años —ponele entre los 20 y los 35— llegaba septiembre y metía;

tres días de natación por semana (3k x día) y un par de clases de Ashtanga Yoga,

y con eso llegaba a diciembre hecho una pinturita.

Pero como diría el paisano,

a partir de los 40 la cosa “cambea”.

Hoy tengo 47 años.

Y lo que para muchos al llegar a los 50 les agarra una depresión, la famosa “midlife crisis”, yo decidí que sea otra cosa.

A los 50 voy a llegar en el mejor estado físico de mi vida.

Mejor incluso que a los 20 o a los 25.

Y ojo:

no creo en las dietas. En ninguna.

Creo en la toma de conciencia.

En la sutil pero clara y contundente toma de conciencia.

Porque cuando el foco está puesto ahí — en ese norte, en ese estado—

la alimentación no se impone:

aparece como consecuencia.

No es un objetivo.

Es un cambio de vida.

Un estilo de vida.

No voy detrás de la cucarda del logro.

Mi foco está y estará puesto en el goce y el disfrute del proceso mientras sucede.

Lo que para algunos es harakiri emocional por cumplir años,

para mí es una decisión tomada:

llegar más fuerte, más vivo, más presente.

Y ahí entendí algo más profundo.

Que así como el cuerpo no responde a la exigencia sino a la conciencia,

el corazón tampoco se abre a los empujones.

Que hay procesos que no se aceleran con voluntad ni se fuerzan con deseo.

Confío en los tiempos de Dios.

Siempre.

Y también confío en los tiempos del corazón. 

Si acaso no son los mismos.

Después de casi cinco años, recién ahora, estoy en apertura a recibir a una compañera. A una mujer.

Estoy listo para comenzar un vínculo leal, sano. Luminoso.

En la pérdida está el aprendizaje.

Y cuando se repara, eso se valora y se honra con más sentido y profundidad.

Mira,

Aún así te aclaro algo importante;

Yo ya soy un hombre pleno.

Ninguna mujer, ni la reina de las reinas, ni las más fucking Diosa, las más Geisha, (ni siquiera Jennifer Connelly… sí, sí, googleala… es una cosita… ¡es un bombón! Ojo, la de “Una mente brillante”, a la de ahora le falta vigor, punch o se está alimentando mal… no se… está con un semblante más caído…) o que venga la femineidad en estado puro que fuere,

no viene a tapar vacíos, ni a arreglar nada, 

ni a mover la aguja de mi plenitud.

Desde ese estado del Ser,

elijo recibir una mujer en mi vida.

No desde la carencia.

Desde la complitud.

Porque cuando uno está entero,

la compañía deja de ser necesidad y se vuelve elección.

Si aparece, maravilloso.

Y si no aparece, también.

Pero sí…

estoy en una etapa donde tengo ganas

de compartir, de caminar de la mano,

de cuidar, de honrar, de contener, de amar,

de reírme con alguien al lado.

De tener una compañera.

Un vínculo sano, leal,

donde la vida, el amor y la risa estén primero.

Y si en este puñado de años

no coincidimos con algunas señoritas, muchas valiosas y leales incluso,

no fue desamor ni falta de consideración.

Fue simplemente una desincronía:

la temporalidad no estaba alineada.

La cronología de Dios me tenía preparado el aprendizaje más que el plaSer de un vínculo estable.

Todavía no era el tiempo para merecernos.

Hoy sí estoy acá.

Presente. Disponible. Confiando.

Si llega, buenísimo.

Y si no, también.

Porque al final no se trata de lograr,

ni de llegar antes,

ni de cumplir con lo que debería ser.

Se trata de ser coherente con lo que el corazón muestra y sabe.

Tal vez esto le sirva a alguien que lee:

no fuerces procesos a abrirte,

no te apures a estar listo,

no confundas demora con error.

Hay tiempos en los que crecer es dejar que el corazón vuelva a latir sin miedo.

Si llega lo que esperás, celebralo. Y si no llega, honrá igual el camino. 

Confía.

En tus tiempos. En los tiempos de Dios.

En que cuando dos caminos coinciden,

no es esfuerzo… es sincronía.

Porque cuando uno vive con conciencia,

con presencia y con amor por el proceso,

la vida nunca llega tarde.

Villa Langostura, Patagonia. Enero 2026