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El mejor restaurante del mundo.
La infancia no se mide en estrellas Michellin.
Leí un dato hace poco que te pega como un baldazo de agua fría:
cuando tu hijo cumple 12 años ya habrías pasado el 75% del tiempo compartido con él.
Y cuando cumple 18…
el 90%.
No sé si la estadística es exacta, exacta.
Pero debe andar por ahí…
y el mensaje pega igual.
Porque uno cree que la infancia es larga.
Y en realidad es un suspiro lleno de mochilas, zapatillas tiradas en el living y preguntas a las once de la noche.
Entre:
“papá mirá esto”
y
“papá vení un segundo”.
Entre partidos de fútbol improvisados en el comedor
y esa etapa donde te preguntan todo.
Después crecen.
Y ya no preguntan tanto.
No porque no te quieran.
Sino porque empiezan a descubrir el mundo sin vos.
El otro día me pasó algo que me dejó pensando en todo esto.
Mis hijos descubrieron una institución cultural de Reconquista:
el carrito.
Para los que no son de acá, no es un restaurante.
Es un carro, un carribar en una plaza, con una plancha que trabaja más que varios diputados juntos y mesas que en realidad son sillas de plástico mirando las estrellas.
Una plaza.
Sillas de plástico.
Una plancha que chisporrotea y hace música propia.
Un mantel imaginario…
y una cocina que, ante bromatología, por ahí viene medio flojita de papeles.
Pero con hamburguesas que salen como si fueran lingotes de oro.
Fuimos con Feliciano y Florencio al “Carro de Topo”.
(Topo, si estás leyendo esto… abrazo grande 😅).
Un ambiente cinco estrellas…
o más, si contamos las que se ven en el cielo de la plaza.
Y un servicio que, aunque no tenga maître, sale más rápido que varios trámites del Estado.
En un momento Florencio se queda mirando la hamburguesa.
Después me mira a mí.
Y me dice muy serio algo que me dejó pensando toda la noche:
—Papá…
este restaurante es el mejor del mundo.
Y yo pensé:
Claro.
Porque para él no era un carrito.
Era una noche con su papá y su hermano.
El mejor restaurante del mundo no siempre tiene estrellas Michelin.
A veces tiene sillas de plástico, una Coca compartida y una charla que no se apura.
Y ahí entendí algo.
Quizás la vida con los hijos no se trata de hacer cosas extraordinarias.
Quizás se trata de no perderse lo ordinario.
Leer el cuento aunque estés cansado.
(Aunque confieso que anoche me pidieron “Perro Rabioso” y negocié pasar la lectura para hoy… uno también es humano).
Escuchar el relato larguísimo del partido del recreo.
Responder la pregunta absurda de las diez y media de la noche.
Ir a comer una hamburguesa a un carrito como si fuera una obra de arte gastronómico de Ferran Adrià.
Porque el tiempo con los hijos no se termina.
Pero sí cambia de forma.
Y un día, sin aviso, esos momentos simples
se vuelven los mejores recuerdos del mundo.
También aprendí algo en estos años:
a veces, para estar bien con los hijos, primero hay que recargar un poco las baterías.
Este año ellos pasaron un tiempo largo con sus abuelos mientras yo tomaba aire.
Criar dos hijos casi en modo padre-madre-tío-abuelo 24/7 también necesita pit stop.
La Fórmula 1 lo entendió hace años.
Así que si hoy te dicen:
—Papá mirá esto.
—Mamá vení.
No lo patees siempre para mañana.
Porque en ese instante que parece chiquito,
la vida está pasando entera.
Porque cuando uno se da cuenta de lo que valían esos momentos…
muchos ya pasaron.
Porque la infancia está hecha de momentos que parecen chiquitos…
y después terminan siendo enormes.
Y quién sabe…
Capaz que esa noche cualquiera,
esa hamburguesa en una plaza,
ese rato que parecía mínimo…
era el mejor restaurante del mundo.




